«Siete mares —pensó—. Cuatro vientos.»

La sombra de un helicóptero cruzó su campo de visión.

—Tu invitado está llegando —anunció el robot.

—Magnífico —replicó Kirby con ironía.

La noticia de que el marciano estaba al llegar puso nervioso a Kirby. Le habían elegido como guía, mentor y perro guardián del visitante procedente de la colonia marciana. Mucho dependía de mantener re laciones cordiales con los marcianos, porque representaban mercados vitales para la economía de la Tierra. También representaban vigor y energía, cuali dades que escaseaban en la Tierra.

Pero relacionarse con ellos —susceptibles, veleido sos, impredecibles— era también sumamente compli cado. Kirby sabía que le esperaba un trabajo difícil Tenía que alejar al marciano de todo posible peligro mimarle y cuidarle, sin parecer en ningún momento condescendiente u obsequioso. Y si Kirby lo estro peaba… Bien, podría ser lamentable para la Tierra y fatal para la carrera de Kirby.

Opacó la ventana y corrió hacia su dormitorio pa ra ataviarse como correspondía a su alcurnia: túnica gris ajustada, fular verde, botas de piel azul, guantes de malla dorada reluciente. Cuando el anunciador llegó con un estruendo metálico para informarle que Nathaniel Weiner de Marte había llegado, Kirby iba vestido de pies a cabeza como el importante funcionario terrícola que era.

—Hágale pasar —dijo.

La puerta se abrió como un diafragma y el marciano entró con movimientos ágiles. Era un hombre pequeño y corpulento, de unos treinta años, hombros anormalmente anchos, labios finos, pómulos salientes y ojos brillantes y oscuros. Parecía físicamente fuerte, como si no hubiera pasado la vida en la atmósfera liviana de Marte, sino luchando contra la gravedad asesina de Júpiter. Estaba muy bronceado, y una red de arrugas partía del rabillo de los ojos. Parecía agresivo, pensó Kirby. Parecía arrogante.



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