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El caos se extendía sobre la faz de la Tierra, pero a hombre que se hallaba en la Cámara de la Nada no le importaba en absoluto.

Diez mil millones de seres (¿o acaso serían ya doce en este momento?) luchaban por un lugar bajo el sol. Los rascacielos apuntaban hacia el firmamento como tallos de frijoles. Los marcianos se mofaban. Los venusinos escupían. Cultos extravagantes florecían por todas partes, y los vorsters se inclinaban ante sus diabólicas luces azules en un millar de capillas. Todo esto, por el momento, carecía de significado para Reynolds Kirby. Estaba al margen. Era el hombre encerrado en la Cámara de la Nada.

El lugar donde descansaba se encontraba a mil doscientos metros sobre las aguas azules del Caribe, en su apartamento del piso cien situado en Tortola, Islas Vírgenes. Un hombre tenía que descansar en alguna parte. Kirby, un importante funcionario de las Naciones Unidas, tenía derecho a gozar del calor y a dormitar, y destinaba una cantidad sustancial de su playa. Pudo ver la línea oscura del arrecife de coral; las aguas eran verdes en la zona de la orilla y de un azul intenso a medida que se alejaban de ella. El arrecife estaba muerto, por supuesto. Los sistemas vitales de las delicadas criaturas que lo habían construido ya no podían asimilar más combustible de motor, y el límite de tolerancia había sido sobrepasado bastante tiempo antes. Los aerodeslizadores que se desplazaban de isla en isla dejaban una estela mortífera a su paso.

El hombre de las Naciones Unidas cerró los ojos. Y los abrió enseguida, porque al bajar los párpados apareció en la pantalla de su cerebro la visión de la chica esper, retorciéndose, chillando, mordiéndose los nudillos, su piel amarilla cubierta de sudor. Y el vorster que estaba junto a ella movía de un lado a otro aquella condenada luz azul, mientras murmuraba: «Sosiégate, hija mía, sosiégate, pronto estarás en armonía con el Todo».

Eso había ocurrido el pasado jueves. Hoy era el miércoles siguiente. A estas alturas ya estará en armonía con el Todo, pensó Kirby, y habrán dispersado a los cuatro vientos un irreemplazable banco de genes. O a los siete vientos. A Kirby le costaba últimamente precisar los tópicos.



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