
—Ciudadano Kirby, es un placer conocerle dijo el marciano con voz rasposa y pronfunda.
—El honor es mío, ciudadano Weiner.
—Permítame —dijo Weiner, desenfundando la pistola láser. El robot de Kirby se apresuró a adelantarse con la almohada de terciopelo. El marciano colocó el arma con todo cuidado sobre el lujoso complemento. El robot se deslizó por la estancia y entregó la pistola a Kirby.
—Llámame Nat —dijo el marciano.
Kirby esbozó una breve sonrisa. Tomó la pistola, resistió la loca tentación de reducirle a cenizas en el acto y la examinó. Después volvió a depositarla sobre la almohada, haciendo un gesto al robot para que la devolviera a su propietario.
—Mis amigos me llaman Ron —dijo Kirby—. Reynolds es un nombre bastante feo.
—Encantado de conocerte, Ron. ¿Qué hay de beber?
La ruptura del protocolo desagradó a Kirby, pero mantuvo una imperturbabilidad diplomática. El marciano había respetado meticulosamente el ritual de la pistola, pero cabía esperarlo de cualquier habitante de la frontera; no implicaba que siguiera comportándose con el mismo escrúpulo.
—Lo que quieras, Nat —dijo con suavidad Kirby—. Sintéticos, auténticos… Pide y lo tendrás. ¿Qué te parece un ron filtrado?
—He tomado tanto ron que ya me sale por las orejas, Ron. Esos gabogos de San Juan se lo beben como si fuera agua. ¿Tienes un whisky decente?
—Teclea —dijo Kirby, con un majestuoso gesto de la mano. El robot cogió el tablero del bar y lo acercó al marciano. Weiner echó un vistazo a los botones y tecleó un par, casi al azar.
—He pedido uno de centeno doble para ti —anunció Weiner—, y un bourbon doble para mí.
