Pero Weiner quería pasárselo en grande, y era difícil culparle por ello. Marte era un lugar duro, que apenas concedía tiempo para el placer. Terraformar un planeta exigía el máximo esfuerzo. La tarea estaba casi terminada, después de dos generaciones de trabajo, y el aire de Marte estaba limpio y apto, pero nadie se atrevía todavía a relajarse. Weiner había venido para negociar un acuerdo comercial, pero también era su primera oportunidad de escapar a los rigores de la vida en Marte. La llamaban la Esparta del espacio. Y esto era Atenas.

Entraron en el salón vorster.

Se trataba de una estancia oblonga, larga y angosta. Una docena de filas de bancos sin pintar corrían de pared a pared, con un pasillo estrecho a un lado. Al fondo se hallaba el altar, en el que brillaba la inevitable radiación azul. Detrás se erguía un hombre alto, esquelético, calvo y barbudo.

—¿Es ése el sacerdote? susurró estruendosamente Weiner.

—No creo que les llamen sacerdotes —dijo Kirby—, pero es el que lleva la voz cantante.

—¿Tomaremos la comunión?

—Limitémonos a mirar —sugirió Kirby.

—Fíjate en esos condenados maníacos —dijo Weiner el marciano.

—Es un movimiento religioso muy popular.

—No lo entiendo.

—Observa y escucha.

—Ahí de rodillas…, humillándose ante esa porquería de reactor…

Algunas cabezas se volvieron en su dirección. Kirby suspiró. No tenía el menor aprecio por los vorsters o su religión, pero tampoco le agradó la rotunda profanación de su fe. Agarró por el brazo al marciano, sin el menor miramiento, le guió hasta el banco más cercano y le obligó a arrodillarse, colocándose a su lado. Weiner le dirigió una mirada de reproche. A los colonos no les gustaba que los extranjeros les tocaran. Un venusino habría acuchillado a Kirby por algo parecido, aunque, por suspuesto, un venusino no visitaría la Tierra, ni mucho menos se metería en un salón vorster.



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