—Bien, podemos bajar a nadar un poco…

—Puedo nadar todo lo que me dé la gana en Marte. No quiero ver agua, sino civilización. Complejidad —los ojos de Weiner brillaban. Kirby comprendió de repente que el tipo ya había llegado borracho, y que los dos tragos largos de bourbon le habían colocado a modo—. ¿Sabes lo que quiero hacer, Kirby? Quiero salir y revolearme un poco en la basura. Quiero ir a fumaderos de opio. Quiero ver a espers en éxtasis. Quiero acudir a una sesión vorster. Quiero vivir la vida, Ron. Quiero experimentar a fondo la Tierra… ¡basura incluida!

2

El salón de los vorsters se hallaba en un viejo edificio desvencijado, casi en ruinas, situado en el centro de Manhattan, a un tiro de piedra de las Naciones Unidas. Kirby se sentía reacio a entrar; nunca había vencido su repugnancia por los barrios bajos, ni siquiera ahora, cuando el mundo se había convertido en una inmensa y apiñada barriada. Pero Nat Weiner lo había ordenado, y así debía ser. Kirby le había traído aquí porque era el único reducto de los vorsters que había visitado antes, por lo que no se encontraría tan fuera de lugar entre los fieles.

El letrero sobre la puerta decía en letras brillantes pero semiborradas:


HERMANDAD DE LA RADIACIÓN INMANENTE SED TODOS BIENVENIDOS SERVICIOS DIARIOS SANAD VUESTROS CORAZONES ARMONIZAOS CON EL TODO

—¡Fíjate en eso! ¡Sanad vuestros corazones! ¿Cómo está tu corazón, Kirby? —comentó riendo Weiner al ver el letrero.

—Está perforado en varios puntos. ¿Vamos a entrar?

—¿A ti qué te parece? respondió Weiner.

El marciano estaba borracho como una cuba, pero Kirby se vio forzado a admitir que lo llevaba con dignidad. Kirby, a lo largo de la prolongada velada, ni siquiera había intentado competir con el enviado de la colonia, pero aun así se sentía mareado y sobreexcitado. Le picaba la punta de la nariz. Ardía en deseos de desembarazarse de Weiner y volver a la Cámara de la Nada para purificar su cuerpo de tanto veneno.



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